Palabras, comidas, fiestas o carnavales; la cultura
del trabajo y los movimientos obreros. La inmigración de
los italianos en América Latina cambia la vida del continente.
Hay otras comidas. En las huertas las verduras son más. También
comen los alimentos de los países que ahora habitan. Carne.
Mucha carne. Los domingos en familia, rondan entre las pastas o
el asado, y el vino tinto. Las novedades de la vida cotidiana alcanzan
a las fiestas, los carnavales y al lenguaje, en los conventillos,
en las sociedades de mutuo socorro, el mercado y en la plaza. Claro,
que la vida es distinta en el campo. Distinta es la experiencia
de los italianos en Brasil meridional, de aquellos que van a las
fazendas paulistas. En Rio Grande do Sul, Santa Catarina y Paraná,
las familias tienen sus pequeñas propiedades donde siembran
el trigo y maíz. En cambio, los italianos cultivadores del
café, en Sao Paulo, trabajan de sol a sol por bajos salarios.
En Argentina, la vida cotidiana de los propietarios de empresas
y tierras, es diferente a los inmigrantes que viven en los conventillos,
quienes reclaman en las huelgas de escobas, rebajas en el alquiler
o mejoras hogareñas. O de la de aquellos obreros, artesanos,
que se reclutan en los movimientos socialistas y anarquistas de
principios de siglo. Sueldo digno, jornada de ocho horas y vacaciones,
son también los sueños del inmigrante.
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