Los que se quedan en la ciudad trabajan de pescadores
y comerciantes, como los lígures, en los puertos de Lima
y Callao en el Perú, en la Boca del Riachuelo en Buenos Aires
o en el departamento de Canelones, cerca de Montevideo. También
son albañiles, zapateros, sastres, costureras o herreros.
O se emplean de operarios en las primeras industrias: entre fines
del siglo XIX y principios del XX, ciudades como Buenos Aires o
Sâo Paulo conocen un crecimiento industrial gracias a las
destrezas de los inmigrantes. Los primeros que llegan al campo son
labradores de las colonias agrícolas de Santa Fe, de Río
Grande do Sul, o de las mismas colonias y pueblos que pioneros como
Giuseppe Guazzone, en Berutti (Buenos Aires), o los hermanos Ricci,
en la Colonia Nueva Italia (Chile), fundan en las tierras que habían
trabajado y adquirido. También van a las cultivaciones del
café en Brasil, o son braceros y peones en las estancias
de la pampa Argentina o contratistas en la naciente industria vitivinícola
de Mendoza.
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