Entre
fines del siglo XIX y principios del XX la industria crece sobre todo
en Argentina, Brasil, Chile y Uruguay. Se refleja no sólo en la apertura
de establecimientos industriales -metalurgia, vinos y licores, construcción,
alimentos, textiles, etcétera – sino en el ingreso continuo de trabajadores
en las fábricas. Los italianos fundan grandes, medianas y pequeñas
empresas. Fábricas de licores, como las de Virgilio Brusco –Chile-
y de Hermenegildo Pini –Argentina-. Fabricantes de galletitas como
Canale y Terrabusi -Argentina-, y de pastas como la Compañía Molinos
y Fideos Carozzi, Luchetti, la Basso y Basso –Chile-. Propietarios
de bodegas como Antonio Tomba, Pascual Toso y Manuel Cerutti –Argentina-,
importadores como Mattarazzo, Puglisi, Andreotti, Fiaccadori – Brasil-,
industrias de cerámicas –Venezuela- y Angelo Dell’Orto –Chile-. Inmigrantes
en Argentina como los hermanos Devoto y la Familia Dermarchi, que
invierten en la industria, son accionistas de Bancos, tienen compañías
de Seguros y estancias. También, había industrias italianas con sucursales
en América Latina, como la Compañía general de fósforos de Gaetano
Dellachá y las textiles de Enrico dall’Acqua en Argentina, Brasil,
Uruguay y Venezuela; filiales de empresas italianas como la Pirelli
y la Fiat en Brasil y Argentina. Sastrerías, atelieres de moda, fábricas
de tejidos como la Falabella SAIC e industrias de seda (Giuseppe Caffarena
Morice) en Chile. Emprendimientos imprescindibles para las capitales
de fines del siglo XIX que recién empiezan a poblarse.
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