Arreglan
zapatos, venden gallinas, pollos, patos y gansos en la calle, hacen
los vestidos de las mujeres y los trajes de los hombres, construyen
las casas, ponen los durmientes del primer ferrocarril, forjan y funden
el hierro, siembran y cosechan huertas o miles y miles de hectáreas,
atienden los bares mientras trasmiten una nueva cultura del trabajo.
La de los artesanos, agricultores, bolicheros, obreros y campesinos
italianos. También la de los actores, los cantantes, los amantes de
las letras, los músicos y los bailarines. Son contratistas, medieros,
braceros, carreteros y gauchos. El mundo del trabajo de los italianos
en América latina es tan amplio que llega a todos los sectores de
la economía y de la sociedad. Trabajan siempre y cantan también: a
la mañana cuando salen a cosechar los campos o cuando terminan su
jornada por las tardes, templadas en la pampa argentina, cálidad en
Brasil. Algunos recorren esa América desconocida cuando se emplean
como obreros en la construcción del ferrocarril. Son los ingenieros
y arquitectos de los edificios más importantes. Joaquín Toesca y Richi
es el autor del Palacio de la Moneda en Chile mientras que el genovés
Félix Valenga financia la construcción de la iglesia mayor de Callao
en el Perú y el piamontés Vittore Meano construye el Congreso argentino
y el Teatro Colon. Los italianos desbordan las ciudades y la mano
de obra para las nuevas industrias queda garantizada, como también
la actividad sindical y las nacientes ideas socialistas.
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