Los
genoveses son los primeros y se instalan en lugares que les recuerdan
a su tierra de origen, en la ribera del Río del Plata, en
Montevideo, o en las costas de Lima y Valparaíso. Se dedican
al comercio de frutos con los que abastecen a las ciudades, a la
navegación local y fundan pequeños astilleros. También
tienen pulperías en los puertos. Los que eligen como destino
al pacífico sur, las abren en los puertos de Callao y Valparaíso
y venden sus mercancías a lo largo de las costas. En la Boca
del Riachuelo, en Buenos Aires, los genoveses se alojan en grupos
precarios de casas que, en muchos casos, habían pertenecido
a las familias patricias. Son los conventillos: aljibes y faroles
en medio de enormes patios, muchas piezas con camas y resortes elásticos,
baúles y aguamaniles, que también estaban en el barrio
de San Telmo. A los genoveses, los siguen los piamonteses, los lombardos,
los vénetos y más tarde los campanos y los calabreses.
Durante la semana trabajan en emprendimientos familiares: abuelos,
hijos, nietos, todos juntos en restaurantes o pequeñas fondas,
en los almacenes o en la venta ambulante. Para todos el compromiso
es progresar. También son tejedores, sombrereros, zapateros,
sastres, carpinteros, albañiles, joyeros, herreros, ladrilleros
y obreros de las primeras industrias italianas. Y los fines de semana
festejan aniversarios, cumpleaños, nacimientos, fiestas patrias
de Italia que organizan las sociedades de Socorros Mutuos.
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