Los
distintos hoteles de inmigrantes los registran: nombre y apellido,
¿sabe leer?, religión, país de origen, ocupación.
Mientras tanto, en la sala de espera, los hombres con sombreros,
chalecos a cuadro, pañuelos, pantalones, borceguíes,
y las mujeres con polleras largas y delantales, con los hijos en
brazos, esperan. El personal de inmigración los mira: son
raros, diferentes; hablan tantos idiomas extraños. En el
hotel las mesas son grandes, muy grandes; en el desayuno toman mate
cocido -una bebida hasta entonces desconocida- con pan y para el
almuerzo o la cena, hay ollas grandes de sopa, guisos o estofado.
Las habitaciones tienen más de doscientas camas, los baños
son para todos y en los lavaderos no deja de correr el agua. En
el hotel, los pequeños hospitales garantizan el control sanitario
para seguir las exigencias del Estado. A los hombres se les enseña
a usar las máquinas agrícolas y a las mujeres, las
labores domésticas; también la historia y la geografía
del país al que llegaron. En esos días hacen los trámites
para quedarse en la ciudad o tomar el tren que los llevará
al campo.
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