El
viaje es la preparación para partir, la curiosidad, las razones
de la emigración, la esperanza de una vida nueva, la necesidad
de creer, también es un mito o una experiencia de iniciación.
Los italianos migran casi desde siempre. El viaje es embarcarse
en esos enormes piróscafos y barcos, que durante más
de un mes, los tiene a todos juntos; es conocerse entre paisanos
de distintas regiones y tratar de hablar en italiano y no en dialecto
regional para poderse entender; es vivir en condiciones difíciles,
en una tierra que no es tierra sino el océano inconmensurable
y desconocido. El viaje es desembarcar en la tierra prometida, en
esa América imaginaria, prometedora, mística, voluptuosa
y seductora que a más de un tío de América
enamora. Es realizar un sueño, que muchos agentes de inmigración
difunden a través de manuales, diarios y panfletos en los
que, las condiciones de vida y de trabajo en las nuevas colonias
de italianos, son más hermosas de cuanto la realidad les
va a demostrar.
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I Pezzettini (los pedacitos de papel).
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Ercole Sori, Universidad de Ancona.
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El viaje, todos los viajes, tienen una doble dimensión, material y espiritual. También la tienen los viajes de emigración entre el Ochocientos y el Novecientos, sobretodo si el destino está rodeado de mitos de abundacia y de esperanzas de regeneración, como América. Un océano separa aquellas esperanzas de la tierra prometida y quien lo atraviesa es, más que un viajero, un emigrante. Pero, los funcionarios públicos y los estadísticos aman a las figuras unívocas y, para dintinguirlas, rudimentariamente clasifican: quien viaja en tercera clase es emigrante; los otros son los verdaderos viajeros. ...
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